Crecí
en el sector Los Dos Caminos de Caracas, Venezuela, muy cerca del Parque
Miranda, un parque grande en extensión pero muy modesto en su infraestructura. Recuerdo
que ahí aprendí a jugar Básquet en partidas épicas contra cualquiera. Equipos
que se armaban preguntando “¿Quién quiere jugar?” y el popular “vamos pegados
contra el que gane”. Yo con 13 años y
1,86cm de estatura, siempre jugaba. No había ninguna libreta de orden pero
todos sabían cuantas partidas faltaban para entrar a jugar. Era un código de
honor que nunca vi romperse.
Recuerdo
que al entrar a mano izquierda estaba la cancha de voleibol cercada con “cerca
ciclón”, a la derecha tres canchas de básquet, la primera era la oficial en
medidas y buena iluminación, la segunda con aros muy bajos como para que la
utilizaran “jugadores serios” y la tercera con aros tan altos que nadie jugaba ahí.
La segunda cancha estaba frente a la construcción donde estaban los baños, las
oficinas y depósitos. Siguiendo en el sentido este-oeste, llegabas al campo de
beisbol, con su tribuna de tablas y su back stop de alambre tejido. Y antes del
campo, el kiosco rojo donde el Sr, Rafael encargado, obrero, vigilante y
seguridad del parque, vendía empanadas, gaseosas y chucherías, hasta las 9:00Pm
cuando apagaba las luces del parque.
Mientras
escribo estas notas, me llega a la memoria el olor de la tierra del campo de
beisbol, una mezcla de arena y caolín tan fino que uno salía blanco de ahí.
Todo
esto quedaba en el lado norte del parque.
En
el lado sur, pasando la cancha grande de voleibol, había una cancha de básquet en
forma de “L”, que muchos años después entendí que era para jugar 3x3, pero
tampoco tenía medidas oficiales. Luego en el lado de la avenida Francisco de
Miranda se encontraban dos canchas de voleibol donde se jugaban los “Inter barrios”,
“Inter parroquiales” y hasta eliminatorias municipales para escoger la
selección del estado en las categorías menores.
Ahí
pase el 80% de mis noches, excepto los lunes y de todos los sábados en la
mañana entre 1970 y 1975. Eso me hacía feliz.
Con
la certeza de que voy a olvidar algunos nombres, recuerdo aparte del Sr, Rafael
a los hermanos Ferreira, Efrén, Carlos Banco Jugando voleibol casi a diario, y en
basket a José Antonio Díaz, Andrés Eloy y Francisco Zabala, “el llanero”, Livio
Monsalve, Martin Materano, León, y el profesor Ricardo Hernández, mi primer
entrenador de selección y el profesor Jesús Cordobés quien también fue mi
entrenador. También jugaron en esas canchas, Tulo Rivero, Bruno D´adezzio, Kako
Solórzano, Armando Palacios, Douglas Barinas, Gustavo Acuña y Nelson Dávila, Héctor
y Oscar González (Los Plomo), y José Reyna, los amigos del Ymca La Castellana,
Tomaje, Arturo Orta, Tiburón, Alex y vi
dirigiendo al Profesor Mamiro Jiménez, al Profesor Paco Diez y al Profesor Gastón
Portillo. Muchos de ellos ya trascendieron, paz a sus almas.
La
vida continuó y me mude a otras ciudades y otros países y un día volví y
conseguí el hermoso gimnasio “Papa Carrillo”, que ocupa el área de todas las canchas.
Lamentablemente las siguientes generaciones no tuvieron donde “agarrar cancha y
calle” aparte de no poder jugar todos los días.
¿Y
a que viene todo esto?
A
la mala costumbre de algunas personas de volver a un sitio buscando la
felicidad que le recuerdan sus pensamientos.
Ahora
voy al Papá Carrillo por trabajo, cuando va a competir algún coachee, pero me
es impersonal, ajeno.
Aquella
felicidad se mudo de ahí, tal vez construya nuevos momentos de felicidad y los
recordaré en el futuro, pero no son mis recuerdos de adolescencia.
La felicidad es de momentos, se debe aprender
a disfrutarla cuando se produce, y saber que luego será un bello recuerdo. El
río del tiempo no detiene sus aguas. Ya nunca será igual.
Lo
mismo aplica a las personas, los amores y las relaciones laborales. Si ya
caducaron, no reincidas. Mantén los buenos recuerdos, cierra el ciclo y avanza
a un nuevo puerto.
La
felicidad siempre está disponible para todos, es solo cuestión de sentirla y
disfrutarla.